Un Equilibrio Precario

Publicado originalmente en inglés en la revista Christopher Street bajo el título “Bus Surfing, U.S.A.” Publicado en este sitio y traducido con permiso del autor. Traducido del inglés por Hugo Salinas. Propiedad intelectual: Johnny Townsend.

—Vamos, son las 3 y media —le dije al Élder Deiana mientras recogía mi libreta y mi Biblia—. ¿Estás listo, Anziano?

Deiana me dijo que sí, pero se fue al baño a cepillarse los dientes. Sonreí resignado y abrí la libreta para estudiar el mapa rudimentario que había preparado dos semanas antes. El Élder Deiana y yo habíamos golpeado las puertas de casi la mitad de la nueva zona, una verdadera proeza si se tiene en cuenta que esa parte del noroeste de Roma está llena de edificios de apartamentos con siete u ocho pisos cada uno. Algunos portieri nos habían simplificado la tarea negándonos acceso al edificio, y los más reacios ni siquiera nos dejaban usar el portero eléctrico.

Sin embargo, Deiana sabía cómo tratar a los portieri: Todas las tardes encontrábamos la manera de escurrirnos en algunos de los edificios, y si nos pescaban, Deiana simplemente se reía o decía algo que les calmaba el enojo.

—Discúlpenos —decía—. No lo vimos, sentado ahí, en su escritorio, junto a la puerta.

Los porteros no se complacían con semejante mentira, pero había algo en la manera en que a Deiana le brillaban los ojos, algo en la manera en que les hablaba que los ablandaba y nos salvaba de sus gritos.

El Élder Deiana vino del baño e hizo una sonrisa reluciente que mostraba todos los dientes.

—¿Estás listo? —me preguntó con toda inocencia.

Deiana dijo una oración, salimos del apartamento y nos dirigimos a la parada del autobús. A nadie le gusta correr tras un autobús después del almuerzo, así que nos dimos prisa mientras caminamos por la Via Franco Sacchetti y nos mantuvimos atentos a la esquina, no fuera que el autobús apareciera de repente. Ayer corrimos para alcanzarlo, pero al Élder Deiana casi lo atropelló un auto. Cuando me di cuenta de que Deiana se había quedado atrás, yo ya había subido y el autobús ya había arrancado. Y allí estaba Deiana, haciéndome señas con los brazos. Me bajé en la próxima parada y tuvimos que esperar otros quince minutos.

Esta vez llegamos a la parada sin percances, y aproveché para echarle un vistazo a mi compañero. Era un poquito más bajo que yo, medía aproximadamente un metro 65. Su cabello era corto y oscuro, y su piel cobriza. Llevaba un traje italiano, elegante, mientras que el mío era norteamericano y barato. Deiana estaba mirando a una muchacha muy bonita, de cabello oscuro, que estaba en la parada leyendo un libro. Deiana siempre observaba a las muchachas que leían libros.

—Antonella también leyó ese libro, —Deiana me decía en algunas ocasiones—. Antonella me dijo que es malísimo, —decía en otras. Deiana elogiaba tanto a Antonella que uno se habría pensado que era una santa.

—Me gustan las muchachas que tienen cuerpos atractivos, —me explicaba Deiana—, pero que además son inteligentes.

Para mí la inteligencia era lo único que importaba en una muchacha, y me gustaba que Deiana incluyera la inteligencia en su lista de prioridades. Me preguntaba si, de ser yo mujer, Deiana me juzgaría atractivo. Pero yo no tenía ningún deseo de ser mujer, ni tampoco de que Deiana lo fuese. Me gustaba mi compañero tal como era.

Nunca le había contado a nadie que me gustaban los hombres, y había salido de misionero con la esperanza de que la misión purgaría de mí esos sentimientos pecaminosos, convirtiéndome en alguien que la gente aceptara. Pero los sentimientos seguían como siempre, y yo no sabía qué hacer. Y sin embargo, estaba seguro de que Dios tenía un propósito cuando me asignó un compañero que yo podía amar de verdad. Tal vez me habían asignado a Deiana para que yo pudiera decir, al final de mi vida, “Una vez hubo un hombre que me amó”.

Lo observé una vez más: Deiana seguía mirando, con una sonrisa satisfecha, a la muchacha con la novela. Mi compañero siempre sonreía cuando veía a una muchacha leyendo una novela. Me parece que, en muchos sentidos, Deiana era un sentimental. Yo también lo era, y es por eso que no quería que llegara el día siguiente, que era día de cambios. Deiana y yo ya habíamos estado juntos por dos meses en el distrito Roma Cuatro, y yo nunca había estado con ningún compañero por más de dos meses. Era casi seguro que uno de los dos recibiría un cambio.

Esos dos meses habían pasado volando, y sin embargo yo casi ni recordaba el tiempo anterior a estar con Deiana. ¡Habíamos hecho tantas cosas juntos! Las amistades entre misioneros suelen terminar el día de cambios, pero Deiana y yo compartíamos un vínculo especial. Y no es que fuéramos simplemente compatibles: Éramos amigos de veras y nos interesábamos y preocupábamos por el otro, especialmente cuando sentíamos que el otro se sentía desalentado o deprimido. Cuando Deiana recibió el Querido Juan de Antonella, por ejemplo, le hice un desayuno especial, con huevos y papas, para tratar de animarlo. En otra ocasión yo me sentía desanimado por nuestra falta de éxito misional, y Deiana lavó los platos de todos los misioneros del apartamento, aunque era mi turno. Ese acto simple y abnegado de Deiana me dio el aliento que tanto necesitaba. Yo no había dejado muchos amigos en los Estados Unidos antes de la misión, ni tampoco había hecho muchos en Italia. Era nuevo y emocionante tener a alguien que se interesara por mí. Especialmente otro hombre.

Había habido dos compañeros antes de Deiana con quienes me había hecho amigo. Aunque no habían sido amistades profundas, me habría gustado poder escribirme con ellos, pero las reglas no permitían enviarle cartas a nadie que residiera en los límites de la misión, de manera que cuando llegaba el día de cambios, perdíamos todo contacto. Tal vez nos volveríamos a ver algún día en una conferencia de zona; tal vez, no. ¿Estaría yo dispuesto a quebrantar ahora esa regla para mantener contacto con Deiana? ¿Y estaría él dispuesto a hacer lo mismo?

Anziano Anderson, —me dijo Deiana, interrumpiendo mi reflexión—. Ahí viene el autobús.

Subimos con los otros pasajeros. Teníamos un pase mensual que habíamos adquirido por 8.000 liras, así que no teníamos que comprar boletos. Nos escurrimos entre la multitud hasta que encontramos un espacio menos atestado. Nos aferramos a los pasamanos cuando el autobús arrancó.

A veces hablábamos con otros pasajeros y tratábamos de obtener sus direcciones para poder ir a enseñarle las charlas misionales, pero la mayoría de las veces hablábamos entre nosotros. En uno de esos recorridos en autobús Deiana me había contado de su vida antes de la misión. Casi cada vez que pasábamos por un destacamento militar en Via Nomentana, mi compañero me contaba alguna anécdota que le había ocurrido el año que hizo la mili. El servicio militar era obligatorio y, en algunos sentidos, le había sido difícil: A Deiana no le gustaban las reglas, y le costaba quedarse callado frente a un superior. Sin embargo, Deiana también recordaba muchas anécdotas divertidas: En una ocasión Deiana y los compañeros, todos desnudos, taparon el desagüe de las duchas para poder deslizarse en ocho centímetros de agua; en otra ocasión le gastaron una novatada a los recién llegados: Los despertaron a medianoche y los obligaron a saltar en la oscuridad desde las literas más altas, cayendo en colchones que los novatos no podían ver. Deiana también recordaba anécdotas de armas de fuego y juegos de guerra. En una ocasión, por error, un proyectil del bando opuesto casi le rozó los pies, pero por suerte el suelo estaba húmedo y cuando el proyectil finalmente estalló, estaba bien hundido en la tierra.

La semana pasada, después de contarme una de esas anécdotas, tomó la chapita de identificación militar, que casi siempre llevaba colgada del cuello, y me la regaló sin hacer ninguna ceremonia. Antes que pudiera decirle nada, se dio vuelta y empezó a hablar de la Iglesia con un hombre que estaba sentado cerca. Ahora siempre llevo esa chapita colgada bajo la camisa. En otra ocasión le pregunté de la prueba de paracaidismo. Me dijo que le aterraba la idea de saltar, pero al final decidió que, dado que no tenía otra salida, lo mejor sería aprovechar la ocasión para tomarse una foto en plena caída libre. A la semana siguiente me regaló una copia de esa foto.

En otras ocasiones me contaba de sus pasatiempos. A Deiana le gustaba ir de excursión a los Alpes, cercanos de su ciudad de Milano, y pasar las noches en una tienda de campaña. Aunque yo no era muy atlético, me encantaba oír sus anécdotas. Verlo hacer ejercicios me había inspirado a levantar pesas con él. Y aunque yo no fuera un gran deportista, tengo que confesar que esperaba con entusiasmo los días de preparación, cuando Deiana me enseñaba a jugar al fútbol.

Pero creo que le secreto de nuestra amistad era que habíamos descubierto mutuamente nuestra bondad: Nunca tratábamos de aprovecharnos del otro ni insistíamos en imponer nuestra opinión. Era un placer pasar tiempo juntos. Un día el Élder Lucas, el líder de zona que vivía con nosotros, había ordenado durante el almuerzo que esa tarde Deiana fuera en divisiones con él, pero después de almorzar y lavarse los dientes, Deiana se acercó silenciosamente, me señaló la puerta y me hizo gestos para que lo siguiera afuera. “Tú eres mi compañero”, me había dicho en esa ocasión, dándome un beso en la frente. “Yo quiero trabajar contigo”.

—Ya casi llegamos, —dijo Deiana, y presionó un botón rojo junto a una ventanilla.

El autobús se detuvo, saltamos a la acera y cruzamos a Viale XXI Aprile. Aunque generalmente teníamos que esperar el semáforo, esta vez teníamos luz verde. Cruzamos una camioneta policial azul y blanca, con siete u ocho agentes, que siempre estaba estacionada en el mismo lugar.

Una vez, mientras cruzábamos esa camioneta, Deiana me contó de una ocasión en que iba a la escuela en Milano y vio a las Brigadas Rojas matar de un tiro a un carabiniere. El carabiniere era un jovencito que estaba haciendo el servicio militar, pero tuvo la mala suerte de estar parado junto a un oficial de alto rango que quedó gravemente herido en el incidente. También me contó que en Livorno él y sus amigos de la mili a veces se metían en jaleos con los punks de esa ciudad. Una vez, en Milano, un par de rufianes le exigieron la billetera, y cuando él se negó a dárselas, le dieron una paliza. Terminó sin la billetera, pero Deiana decía que siempre le gustaba una buena pelea.

A los pocos minutos llegamos a la Via Pisa, así que abrí la libreta para ver cuál edificio nos tocaba esta vez. Caminamos dos tercios de esa cuadra hasta que encontramos un edificio donde pudimos entrar. Subimos al ascensor y presionamos el botón del piso más alto. En Nápoles había que depositar diez liras para usar los ascensores, pero en Roma eran casi todos gratuitos.

—Qué callado que estás hoy, —me dijo Deiana. —¿Qué te pasa?

—A veces pienso demasiado y eso me cansa, —le dije, esbozando una sonrisa.

—Te entiendo perfectamente, —me contestó, también sonriendo. Tocó el timbre del primer apartamento.

Una señora de unos 45 años abrió la puerta.

—¿Chi é?

—Buenas tardes. Somos representantes de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y tenemos un mensaje que nos gustaría compartir con usted y su familia.

Deiana hizo una breve pausa.

—¿Se encuentra su marido?

—No, —dijo ella, cerrando la puerta.

—Que tenga un buen día, —le dijo Deiana.

—La señora no es tu tipo, Élder, —le dije a Deiana mientras tocaba el timbre en la segunda puerta.

—¿Cuál es tu tipo? —le pregunté, curioso por saber si su gusto había cambiado desde que Antonella le mandara el Querido Juan.

—¿Quieres una respuesta detallada? —me dijo riéndose.

—Claro que sí.

—Bueno, tiene que ser atractiva, con pelo color castaño, y…

—¿Castaño?

—Castaño. Y tiene que ser divertida.

Volví a tocar el timbre. No estaba seguro si sonaba, así que golpeé la puerta.

—¿Divertida cómo?

—Ya sabes. Alocada. Que le gusten los chistes, reírse y divertirse.

Empezamos a bajar al siguiente piso.

—Pero que también sepa ser seria cuando corresponde serlo.

—¿Por ejemplo? —le pregunté mientras tocaba otro timbre.

—Por ejemplo, si estamos en el auto o en el parque.

Un jovencito abrió la puerta: “¿Chi é?

—Hola. Somos de la Iglesia de Jesucristo. ¿Está tu papá? —le pregunté.

Ni bien había terminado de preguntarle, el papá vino a la puerta. No estaba interesado en nuestro mensaje, pero al menos fue amable. Cerró la puerta. Deiana tocó el próximo timbre.

—¿Y qué auto tenías? —le pregunté.

—Un Fiat 500, —me dijo. Se me escapó una risita, y Deiana me miró indignado. El “cinquecento” era el auto más pequeño de la Fiat, y en comparación un escarabajo Wolkswagen parecía enorme.

—¡Mejor que una bicimoto! —me dijo, defensivo.

—Mucho mejor que una bicimoto, —le respondí—. ¿Y qué cosas serias haces con una muchacha en el auto o en el parque?

Oímos ruidos tras la puerta, y nos dimos cuenta que alguien nos estaba espiando por la mirilla. Deiana usó su técnica misional en esa puerta, pero nadie respondió. Bajamos al piso siguiente y tocamos otro timbre.

—Bueno, si nos conocemos bien, posiblemente la bese a la francesa.

—¿Ah sí? —le dije—. Discúlpame la ignorancia, pero yo nunca he besado a una chica. ¿Cómo es eso de besar a la francesa?

Deiana me miró con incredulidad. Me había llegado a conocer bastante bien en dos meses, y sin embargo yo estaba seguro de que él no sabía el motivo pro el que yo nunca había besado a una chica. Yo habría preferido que me tragase la tierra antes de explicarle el motivo.

—Bueno, cuando la besas, metes la lengua en la boca de ella, y le haces cosquillas el paladar. A las chicas les encanta.

—¿Y ellas a ti qué te hacen?

—¿Chi é? —gritó una anciana desde el fondo del apartamento.

—¡Buenas tardes! —dije bien alto—. ¡Somos dos...

—¿Chi é? —gritó la anciana, acercándose a la puerta. Era inútil contestar ahora. Esperé a que acercara un poco más.

—¿Chi é? —dijo junto a la puerta. Le expliqué quiénes éramos y cuál era nuestra misión, pero ella pensó que éramos ladrones y nos dijo que nos marcháramos. Toqué el timbre siguiente.

—Ellas te hacen lo mismo, —dijo Deiana—. A los hombres también les encanta.

—Algún día voy a tener que probar.

—Es delicioso, —dijo Deiana.

En el edificio siguiente hablamos de nuestras familias. Deiana no lo podía creer cuando le conté los nombres de pila mis parientes, nombres estrafalarios pero típicos de las familias del sur de los Estados Unidos: Mi tío se llamaba Buford y mi tía Betty Jo; mis primos se llamaban Mary Lou, Thelma Rose, y Bertha Sue. Cuando una mujer abrió la puerta, Deiana todavía se estaba riendo, pero por suerte la mujer era muy afable y cuando nos vio bien vestidos, le caímos bien. El marido estaba en casa, así que nos invitó a entrar. Les enseñamos la primera charla, acerca de José Smith, el Libro de Mormón, y la restauración de la Iglesia de Jesucristo. No tenían mucho interés, pero les dejamos un Libro de Mormón, dos folletos y nuestra tarjeta, con la dirección de una capilla cercana y el teléfono de los misioneros. Nunca se sabe. Por lo menos, habíamos plantado una semilla.

De todas las cosas que hacíamos como misioneros, golpear puertas era una de mis favoritas, porque nos permitía contactar mucha gente pero también conocer mejor a mi compañero. Podíamos conversar sobre nuestro trabajo, proyectar nuevas ideas, probar diferentes estrategias de contacto y conocer a la gente en sus hogares, donde se sienten más cómodos. Naturalmente me había tomado tiempo aprender a disfrutarlo, pero casi siempre prefería golpear puertas en vez de visitar a los miembros y pedirles referencias.

Golpear puertas no era siempre divertido. En una ocasión, una mujer nos persiguió por los pasillos de un edifico esgrimiendo un par de tijeras; el mes pasado, cerca de la Piazza Scampone, un hombre nos apuntó con un revólver; y casi a diario aguantábamos portazos y éramos expulsado por los portieri. Pero aun esas experiencias eran llevaderas si uno las compartía con un amigo.

Antes de salir de misión me asustaba la idea de estar con un compañero las 24 horas del día, todos los días: Forzosamente habría hábitos y características en las que chocaríamos. La misión me confirmó esas sospechas, pero después de un año y medio había aprendido a tolerar muchísimos hábitos diferentes. Había tenido un par de compañeros que no me gustaron. Pero Deiana no era simplemente tolerable: De doce compañeros, era por mucho el mejor que me había tocado tener. Aunque algunos días eran felices, también había ocasiones en que tener junto a mí un buen amigo era lo único que me hacía sobrevivir espiritualmente y mantener el ánimo.

En la misión siempre nos decían: “Amen el país. Amen a la gente. Amen a su compañero. Sólo así serán misioneros eficaces.” Yo había tratado de poner eso en vigor, y había descubierto que era cierto. Con Deiana yo disfrutaba la obra misional, y eso me hacía apreciarlo más que a los otros compañeros. Lo que nadie había hecho era prepararme para separarme algún día de la gente que había aprendido a amar.

La idea de amar me causaba aprehensión. El amor no era un sentimiento que había sentido a menudo, y de hecho me asustaba un poco. Una vez, cuando era niño, la maestra de la Escuela Dominical nos pidió que ese día fuéramos a casa y le dijéramos a nuestro padre que lo amábamos. La maestra dijo que los padres necesitaban oír eso de vez en cuando. Esa noche, antes de ir a dormir, mi padre vino a la cocina a tomar un vaso de agua, y le dije: “Te amo, papá”. Mi padre ni siquiera me miró. Ahora supongo que mi declaración lo tomó totalmente por sorpresa, pero de pequeñito pensé que su falta de reacción significaba que él no me amaba.

Ese incidente me enseñó a mirar las expresiones de amor con recelo, y unos años más tarde, cuando mi tía me dijo que me amaba, todo lo que pude responder fue, “Yo también te estimo mucho.” Y las pocas veces que me sentí cerca de algún amigo o familiar, lo único que pude decirles fue: “Me gustas.” Amar era un verbo que yo no podía usar. Yo sentía amor por Deiana, pero no estaba seguro si me animaría a decírselo. En las últimas semanas había intentado, sin éxito, articular esas palabras.

Y ahora, probablemente los cambios nos iban a separar. Me quedaban solamente seis meses en Italia. Dos días más, y tal vez nunca volvería a ver a Deiana. ¡Nunca más! Cuando doblamos en Via Livorno, tomé a Deiana del brazo. Era muy común para los italianos, aun entre hombres, tomarse de la mano o ir caminado del brazo. Yo aprendí a hacerlo con el Élder Deiana, aunque sabía que si intentaba tomar del brazo a uno de mis compañeros norteamericanos, recibiría una paliza.

La primera vez que Deiana me tomó de la mano fue durante una reunión de distrito, delante de todos los demás élderes y hermanas. Yo estaba tan sorprendido que no sabía qué hacer. Me puse rojo de vergüenza, pero la verdad es que me gustaba que me hubiese tomado la mano, así que no la retiré. Una noche, cuando incliné la cabeza para aliviar un calambre de cuello, Deiana vino y me dio un masaje. Sentir sus manos firmes contra mi cuello fue un deleite. Un verdadero deleite. Tenía tanto miedo de enamorarme de él, y sin embargo no habíamos tenido ningún contacto de tipo sexual. Era el mero contacto entre dos amigos, y yo le daba gracias a Dios de que me hubiese enviado a un país donde podía tomar a otro hombre de la mano sin que eso tuviese nada de malo.

Era la hora de hacer un descanso. Deiana y yo caminamos a un bar cercano y pedimos dos vasos de Ferrerelle, que era mi soda favorita. Observamos a un jovencito que jugaba frente a un tablero electrónico y charlamos brevemente con el dueño del bar. Nos dijo que había recibido las lecciones misionales unos años antes, pero que no le interesaron. “No dejen de trabajar,” nos dijo. “Ustedes están haciendo algo bueno.” No nos quiso cobrar, así que le agradecimos y volvimos a Via Livorno.

El resto de la tarde fue relativamente exitosa. Sólo pudimos entrar a un apartamento más, y solamente por quince minutos, pero en los pasillos tuvimos varias conversaciones interesantes con los vecinos. Un hombre nos dijo que el domingo vendría a la iglesia, pero de cientos de personas que me dijeron que vendrían, nunca vino ninguno. Tal vez algún día alguien vendría. Nunca se sabe.

Entre puertas y entre edificios, Deiana y yo seguimos charlando. Aunque creía que sabía casi todo sobre su vida, aprendí un par de cosas nuevas. Por ejemplo, aprendí que sabe insultar muy bien en inglés. Un joven que pasó en bicimoto nos escupió. El infeliz no tenía ni idea de lo que Deiana le dijo, pero yo lo entendí todo. Usó la entonación y la pronunciación perfecta, y me pregunté quién le habría enseñado tantas palabrotas.

Alrededor de las 9 de la noche, emprendimos el regreso a nuestro apartamento. Esperamos unos pocos minutos en Via Nomentana hasta que vino el 136. El autobús estaba casi vacío. Deiana hizo una sonrisa traviesa y me dijo: “Bus Surfing, U.S.A.” Mi compañero me estaba invitando a “surfear” en el autobús.

—In bocc’al lupo, —le respondí. Es una expresión que los italianos usan para desear buena suerte, y que literalmente significa “En la boca del lobo”. De acuerdo con la leyenda, Roma fue fundada por Rómulo y Remo, dos huérfanos criados por una loba. Es como decirle a alguien: “Que tengas tanto éxito como Rómulo y Remo.” Aunque la primera vez que la oí me pareció una expresión de mal agüero, en la misión aprendí que muchas cosas que parecen negativas pueden resultar en algo positivo.

Entonces el Élder Deiana y yo fuimos al fondo, y allí parados, empezamos nuestro curioso surfeo: Había que mantener un equilibrio precario, mantenerse de pie sin aferrarse de nada ni apoyarse en ningún asiento. Hice un poquito de trampa en dos curvas, y casi me caí durante un frenazo. Deiana había estado practicando por más tiempo y era más diestro, pero yo iba mejorando con la práctica, especialmente desde que lo hacía con él. Algunos pasajeros nos miraron extrañados, en especial una mujer gorda que iba vestida de negro y fruncía el entrecejo. Pero como misioneros estábamos tan acostumbrados a que la gente nos mirara que ya no nos molestaba. Ignorábamos las miradas de la gente o los mirábamos con una sonrisa.

En veinte minutos llegamos a Franco Sacchetti. Tocamos el timbre del autobús y bajamos de un salto. A esa hora podíamos bajar sin problemas. La semana anterior, cuando había llegamos a nuestra parada para el almuerzo, el autobús había estado tan atestado que Deiana fue el único que logró bajar antes que el autobús volviera a arrancar. Yo había tenido que lidiar con una “pasta mamma” muy gorda y un grupito de adolescentes que bloqueaban la puerta, y tuve que bajar en la próxima parada.

Caminamos lentamente al apartamento. Deiana me tomó del brazo y recostó la cabeza en mi hombro. Miramos las ventanas. Había luces, señal de que los otros élderes ya habían llegado. Tomamos el ascensor hasta el tercer piso y caminamos hacia el apartamento.

—Ti voglio bene, ¿sai? —me dijo Deiana, sin aflojar el paso.

Le respondí sin titubear:

—Élder, yo también te amo.



































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