Afirmacion Chile

“Dios es Amor, y Su Amor es incondicional, porque Él no hace acepción de personas”
Una declaración de Afirmación Chile sobre lo publicado en “La Estrella” de Valparaíso el 9 de marzo de 2009

Abril de 2009

Ver el artículo publicado en “La Estrella” de Valparaíso

Lo que ha sido la discusión en el Congreso Nacional de un proyecto de ley en contra de la discriminación, ahora viene a ser la bandera de lucha de ciertos sectores evangélicos del país que ven en dicho proyecto la apertura de un camino hacia la aprobación de una ley de matrimonio homosexual.

Nada más alejado de la verdad. El proyecto de ley solamente se refiere a la discriminación de que son objeto hoy en día todas las minorías del país, como los inmigrantes, las minorías sexuales, las minorías religiosas, los minusválidos y las minorías étnicas, por ejemplo.

Con celo digno de mejor causa, los líderes evangélicos que se han mostrado contrarios a la aprobación de esta ley se han concentrado en las minorías sexuales y hasta han levantado su voz para advertir que el pueblo evangélico no apoyará a quienes no apoyen sus principios. La verdad es que el pueblo evangélico vota en forma individual y vota por quienes considera su mejor opción individual, sean de derecha, de centro o de izquierda.

Obviamente esto va más allá de lo legal y legítimamente sostenible. En Chile, desde 1925, existe separación entre la Iglesia y el Estado, es decir, el estado es laico, no confesional. Por lo tanto, pretender que los poderes del Estado deben responder a una determinada posición religiosa no solamente es criticable, sino inconstitucional y una descarada intervención en los asuntos del Estado.

El Estado debe preocuparse de los ciudadanos como tales, desde el punto de lo puramente civil. Las Iglesias deben preocuparse de lo que les compete, pero no deben tratar de imponer a todo un país sus puntos de vista, por más atendibles que estos sean.

Desde tiempos antiguos, las Iglesias han sido una fuente de división y de muerte para la humanidad, como lo atestigua la historia, particularmente los vergonzosos episodios de guerras religiosas. Todavía hoy en día existen conflictos como el Irlanda, donde católicos y protestantes no son precisamente un ejemplo de paz. Y es obvio que si se desatendiera a los principios de la separación entre Iglesia y Estado, este país podría verse enfrentado a un severo conflicto sobre lo que unas y otras Iglesias querrían que se impusiera como ley para todos. El dogmatismo y el fundamentalismo no son buenos consejeros para nadie.

Si las Iglesias desean difundir y divulgar sus puntos de vista, están en su derecho, háganlo, pero no traten de imponerlo a todos los chilenos, que no somos todos evangélicos. La mayoría religiosa de este país todavía es católica. Y cada Iglesia debe velar porque sus propios miembros respeten sus principios y no causen mal a los demás, viviendo de acuerdo a principios. Pero el intento de violentar las conciencias que proviene de las Iglesias es inadmisible desde todo punto de vista. Una vez más, los que ayer fueron discriminados y perseguidos, ahora, cuando se ven mucho más numerosos y con poder y riqueza debido a que se han hecho parte del mundo, se transforman en perseguidores de minorías, como si todos no fuéramos iguales a los ojos de Dios.

El principio del libre albedrío todavía es un principio básico para la convivencia pacífica. Todos tenemos el derecho de abrazar tal o cual confesión religiosa. Todos tenemos el derecho de vivir de acuerdo a quienes somos. Todos tenemos derecho a ser respetados por el solo hecho de ser personas. Nadie tiene derecho a discriminar a nadie. La Biblia no autoriza la discriminación sino que, al contrario, dice que todos somos iguales ante Dios y que cada cual debe decidir en conciencia, no por la imposición de nadie.

Y, finalmente, los líderes evangélicos se olvidan de un principio fundamental: Dios es Amor, y Su Amor es incondicional, porque Él no hace acepción de personas.

Esperamos que el Poder Legislativo legisle tomando en cuenta que en Chile hay separación entre Iglesia y Estado y que el Estado debe preocuparse de los asuntos civiles, sin dejarse presionar por nadie que pretenda injerencia alguna en los asuntos que, por su naturaleza, son esencialmente civiles. Que las Iglesias se preocupen de educar a sus miembros y feligreses en los principios religiosos, igualmente sin injerencia alguna del poder civil.


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