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James Morris |
Por qué sigo creyendo en la Palabra de Sabiduría
Por James Morris, director asistente de Afirmación
Mayo del 2005
He bebido, durante mi vida, muchísimas botellas de Calistoga (agua mineral gasificada). Esa humilde bebida sabe mejor si le pides al camarero que le ponga una rodaja de lima. En la década del 80, cuando me asumí como gay y empecé a salir a lugares de ambiente, no había muchas opciones de bebidas para alguien que, como yo, trataba de evitar tanto el azúcar como el alcohol. Las tabernas eran uno de los pocos lugares donde uno podía conocer a otros hombres gays. Solían estar llenas de humo y atestadas de gente; eran ruidosas y a veces se poblaban con borrachos que se creían ser mucho más divertidos de lo que en realidad eran. Admito que las tabernas no son el lugar donde buscar el Marido Ideal. Pero cuando salí del armario, mientras saboreaba mi agua mineral en esas tabernas, pasé largas horas decidiendo cuáles enseñanzas del mormonismo llevaría conmigo y cuáles descartaría en esta nueva etapa de mi vida.
Nunca tuve razones para cuestionar los ideales expresados en la Palabra de Sabiduría. No tenía razones para adoptar adicciones ni hábitos que me parecían indeseables, potencialmente costosos, e insalubres. Me gustaba la simplicidad de la Palabra de Sabiduría. Saber lo que uno consume es relativamente fácil; mucho más difícil es saber es saber si uno está siendo justo y honrado con el prójimo. Una cosa es controlar el consumo, y otra controlar el temperamento. Tengo un tío que murió enfermo de alcoholismo, y hay diabéticos en mi historia familiar. Aunque no tenga control sobre mi composición genética, me tranquilizaba saber que, con una dieta correcta, podía evitar enfermedades y consecuencias serias.
Cuando yo era niño, los adultos me describían ciertas cosas como si fueran intrínsecamente malas, como si la mera proximidad de tales cosas pudiera ser fatal. Me advirtieron, estoy seguro, evitar la compañía de personas que violaban nuestro sagrado código de salud. Pero hoy tales personas ya no son extrañas ni temibles, sino amigos. Conocí a muchos que son buena gente. Y entonces se volvió importante hacer hincapié en lo positivo, no en lo negativo. La cuestión no era sermonear sobre los males asociados con las drogas, el tabaco, el alcohol, el café y el té, o preocuparme por la cantidad de de cafeína que ponen en el chocolate. La cuestión era comer y beber cosas nutritivas. La cuestión era hacerlo con "prudencia y acción de gracias" (D. y C. 89:11). La cuestión era celebrar mi corporeidad y las cosas que la sostienen. Y si logro mantener salud en el obligo y médula en los huesos, si "el ángel destructor pasa de mi", tanto mejor.
Hoy ya no paso tiempo en las tabernas, bebiendo agua mineral. Pero me alegra que haya fragmentos de mi patrimonio mormón que hayan continuado teniendo significado en mi vida. Estoy feliz de que la Palabra de Sabiduría sea algo en lo que sigo creyendo.
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