Un tributo al amor

por Brus Leguás Contreras
Marzo del 2001

Dedicado a la memoria de
JUAN CALDERÓN FABRES
(24 de febrero de 1945 - 21 de septiembre de 1997)

Antes que nada, creo oportuno y necesario decir que no existen las recetas mágicas en esto de las relaciones humanas. La naturaleza humana es tan complicada y compleja que no admite recetarios ni cosas por el estilo. Cada relación es única, tanto por los actores como por las circunstancias. Somos todos únicos, irrepetibles, infotocopiables. Gracias a Dios esto es así. Por eso, que nadie asuma en modo alguno que estoy dando la receta, ni menos todavía que se piense que estoy pontificando y exponiendo una verdad absoluta. Todos los días sale el sol, pero cada día aparece por un lugar distinto y se esconde por uno también diferente al del día anterior. Una bisabuela materna definía la naturaleza humana como esencialmente "variable y traicionera", queriendo decir que suele ser una verdadera caja de Pandora.

Mi nombre es Brus. No es un nombre muy común. De hecho, no sé de nadie más que en Chile se llame Brus. Nací el 22 de Noviembre de 1954 en Viña del Mar, la "Ciudad Jardín", la primera, principal y más importante ciudad-balneario de Chile, la verdadera Capital del turismo nacional. No obstante, he vivido la mayor parte de mi vida en Quilpué, la "Ciudad del Sol" a escasos 12 kms. de Viña del Mar.

Quiero dar testimonio de lo que creo, de lo que he vivido, de lo que es parte de esta vida que me ha tocado vivir, decir a todos que el amor es la fuerza más importante e invencible que existe. En el pasado reciente he visto al amor en mis ojos que muchas veces se humedecieron al recordar otros tiempos de fresco recuerdo; hoy lo veo hoy en los anhelos de mi corazón expectante; y estoy seguro de que lo veré en el mañana que deseo lleno de luz, pero más todavía de amor, para amar todavía más intensamente a quien estoy empezando a amar. Veo al amor de tantas maneras y en tantas situaciones y circunstancias...

Sin embargo, déjeseme decir algo que me duele: casi nadie ve al amor verdadero. Aunque casi todos lo anhelamos y hacemos profesiones de fe en él y a veces nos pasamos toda la vida buscándolo, la verdad es que demasiadas veces pasa desapercibido a nuestro lado debido a que solemos ver demasiado amor como para ver al verdadero AMOR. Tal vez eso se deba a que lo escribimos con minúsculas y por eso la mayoría de las veces no lo vemos y hasta lo dejamos pasar de largo o, peor aún, no nos damos cuenta que está a nuestro mismísimo lado...

Y es que el amor verdadero no es una pasión violenta y avasallante que obnubila la razón, sino una suave ternura. Tampoco es un fuego abrasador que se extiende incontestable devorándolo todo a su paso, sino una tibieza pura y candorosa. El amor verdadero no es un trueno en medio de la negrura de la noche que ensordece y asusta, sino apenas un silbo apacible que nos llega al corazón. Sin embargo, como bien lo sabemos todos, la costumbre es ver pasión desatada, fuego abrasador, trueno incontestable. A pesar de todo el amor sigue adelante, existiendo e influyendo en las vidas de quienes saben descubrirlo en los detalles pequeños de todos los días más que en los grandes montajes propagandísticos. Porque el amor jamás se da por vencido. Y, en verdad, cuánto ganaríamos todos si dejáramos de ver las grandes historias de amor, esas superproducciones que a veces pueden dejarnos helados y hasta aterridos, y en su lugar viéramos esas pequeñas historias de amor cotidianas, de cada día, esas historias de amor que no salen de la pluma de Shakespeare sino de lo cotidiano y cuyos protagonistas no son esos pomposos personajes de novela llamados Romeo, Julieta, Abelardo, Eloísa..., sino personas comunes y corrientes llamadas Juan, María, Antonio, Ana, Luis, Daniel...

Nuestro compromiso para vivir el amor debe ser el ser mejores personas, mejores seres humanos, mejores amigos, mejores amantes. Porque el amor se vive, no se hace. Por eso, debemos transformarnos de tal manera que seamos esa mano que se extiende para dar y no para recibir; para acariciar, nunca para golpear. Debemos convertirnos en esa boca que se acerca para besar, pero jamás para insultar.

La verdad es que personalmente no quiero ya tener más etapas que superar porque creo que ya en la vida he sido puesto a prueba más de una vez, sin embargo, y no obstante todo lo que pueda decir, lo cierto es que si en la vida se me presenta otro desafío de esos que bien merecen encararse, no me negaré. Dios me ha dado en la vida mucho más de lo que pedí, y mucho más de lo que he necesitado. Por todas sus bendiciones, continúe siendo bendito el nombre de Dios, nuestro Padre celestial. Por eso, estoy dispuesto a jugármela por algo que tenga aroma a perennidad, a permanencia.

El relato de mi experiencia y mi testimonio no pretende ser una apología de nada ni de nadie, como tampoco un motivo de queja ni menos todavía de desesperanza ni de crítica hacia las autoridades generales o locales de la Iglesia, ni hacia nadie. No. No es este mi propósito. Mi propósito es más bien positivo. A lo más, pretendo rendir un tributo y un homenaje a un hombre que vivió, amó y murió como tantos en este mundo, a la vez que testimoniar lo que he vivido.

Con Juan compartí diez años de mi vida, los diez mejores años de mi vida hasta hoy. Y él se convirtió en el gran amor de mi vida. Es un modesto tributo, pero encierra, al menos para mí, una gran significancia. En realidad, se trata más que de mi testimonio personal de NUESTRO testimonio sobre la realidad y la superioridad del amor. Y porque él ya no puede hablar, he querido hablar por él. Como todos los mortales, Juan y yo cometimos errores, sufrimos tristezas, amarguras, y en más de alguna vez hasta intolerancias. Y es que todos estamos sujetos, más o menos, a las humanas pasiones. Nos alegramos en nuestro amor, pero a causa de su muerte no pudimos disfrutar del fruto de todos nuestros sueños, planes, anhelos y proyectos. La fragilidad de la vida nos lo impidió. Pero aprendimos una verdad trascendente e irrecusable: el amor nunca muere, el amor es eterno, y nos trasciende. Para mí es lo más importante que he aprendido con Juan.



Juan y Brus celebrando el Año Nuevo con amigos, año 1991
Juan y yo nos conocimos el día martes 13 de octubre de 1987 a las 08:15 hrs., a.m., en Avenida Oriental 6135-A, Peñalolén, Santiago. Yo volvía de una licencia médica de un par de días, y él era el nuevo planchador, ya que el puesto se encontraba vacante. La socia principal y dueña de la Empresa en que en ese entonces yo trabajaba, y como un hecho excepcional, llamó a Juan para presentarnos. Nos dimos la mano e inmediatamente operó una suerte de atracción, una especie de magnetismo, que marcó —desde ese mismísimo instante— nuestras vidas. Desde entonces entiendo lo que quiere decir eso de amor a primera vista. Fue algo realmente hermoso. Indescriptible.

Sin embargo, no podía yo darme el lujo de una relación homotrópica así sin más. Por definición doctrinaria, y siendo yo miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, me cuestionaba severa y absolutamente cualquier cosa que fuera contrario a la sana doctrina de la Iglesia, según yo la había aprendido. Hasta ese momento, mi lucha en contra de mi inclinación homosexual había sido total y hasta el momento había tenido éxito, manteniéndome absolutamente alejado de toda y cualquier actividad homófila.

Mi día empezaba y terminaba en actividades eclesiásticas: la obra misional especialmente me atraía y a ella estaba yo dedicando ingentes esfuerzos. Prácticamente no había actividad eclesiástica relacionada con la obra misional a la que yo no asistiera. En la estaca San Miguel fui Primer Consejero en la Misión de Estaca. En el barrio Juan Griego fui el director misional, y trabajé tanto como pude, acompañando a los misioneros de regla y a los misioneros del barrio, jóvenes y jovencitas que estaban preparándose para ir a servir —en cuanto llegara su llamamiento— una misión de regla, en cumplimiento del mandamiento divino de ir a predicar el evangelio eterno.

Mis actividades de la Iglesia, pues, consumían gran parte de mis energías. La otra parte la consumía mi dedicación al trabajo. De este modo, casi no tenía tiempo para pensar en nada que no fuera la Iglesia y el trabajo. Algo de tiempo dedicaba yo a la familia que me quedaba en Quilpué, desde que yo había salido para Santiago en busca de mejores horizontes.

De manera que la llegada de Juan a mi lugar de trabajo provocó no poca conmoción en mí, en mi escala de valores, en mis desvelos. Por primera vez en mucho tiempo, empecé a pensar en qué pasaría si acaso ocurriera esto o lo otro. Mi alma se conmocionó a tal grado que tuve que dedicar esfuerzos especiales para mantener el control de mi persona. Siempre me ha gustado ser dueño, amo y señor de mis actos y actuaciones. Nunca me ha gustado abandonarme a las pasiones. Me gusta entrar a todas partes con los ojos bien abiertos. Así fue como entré a la Iglesia : con los ojos bien abiertos, el cerebro atento, el corazón calmo, todos los sentidos prestos a detectar la más mínima cosa que pudiera darme siquiera un indicio de que me había equivocado al hacerme miembro de la Iglesia.

La oración, el enfrascarme en más actividades eclesiásticas y dar más de mí mismo al trabajo fue la manera que yo intenté implementar para atacar y vencer a este sentimiento que me iba invadiendo desde ese minuto mismo en que fuimos presentados Juan y yo.

El día viernes 16 de septiembre de 1988, víspera de Fiestas Patrias, y como lo dice una antigua tradición chilena en vías de desaparecer, la Empresa nos agasajó, con motivo de esas festividades, con un almuerzo especial, en que tanto empleadores como trabajadores compartimos una misma y sola mesa en un ambiente de camaradería. Después de ese festejo, la tarde queda libre. Esa tarde, después del almuerzo con que nos agasajó la Empresa, yo tuve que ir al Centro de Santiago para llamar a una prima materna que estaba en Quilpué. Subí al autobús. ¡Y cuál no sería mi sorpresa al encontrarme a boca de jarro con Juan! No había otro asiento disponible y me había sentado a su lado. Obviamente, no podía irme de pie si estaba ese asiento libre. Y, una vez sentado, no podía irme mudo. Así fue que nos pusimos a conversar en camino al centro. Y nos pusimos de acuerdo en acompañarnos mutuamente a las cosas que cada cual iba a hacer esa tarde. Él iba a comprar una bandera para poner en su casa para esas fiestas y yo iba a telefonear. Pasamos incluso a mirar libros en una librería. Y hasta pasamos a un negocio a servirnos un par de cosas. Luego seguimos yendo de un lado a otro por el Centro. Finalmente, lo fui a dejar al paradero para que tomara el autobús a su casa. Seguimos conversando. Y enseguida, él fue a dejarme a mí a mi paradero. Y así pasamos, yendo de un paradero a otro. Hasta que a eso de las 23:00 hrs. nos despedimos definitivamente esa noche.

Después de eso, la semana siguiente, el día viernes nos pusimos de acuerdo para salir juntos esa tarde, después del trabajo. Ese día, viernes 23 de septiembre de 1988 fue, en realidad, nuestra primera cita: la anterior había sido una casualidad. Fuimos al centro de Santiago. Tomamos helados. Fuimos de nuevo a El Completo. Caminamos, vitrineamos por los negocios del Centro. Y, de nuevo, él me fue a dejar al paradero y yo lo fui a dejar al paradero. Hasta que casi a medianoche nos despedimos, y nos fuimos cada cual a su casa.

Lo mismo ocurrió los viernes que siguieron. En unas ocasiones, me dijo que, puesto que se había hecho muy tarde, podía ir a quedarme a su casa. O bien, él podía acompañarme a la mía, para que no fuera a pasarme nada siendo tan tarde en la noche. Ninguna de esas oportunidades acepté la oferta. Y cada vez, después del ritual de ir al mismo negocio de la calle McIver —El Completo—, nos íbamos cada cual a su casa, después de andar y reandar el Centro de Santiago, ir por los negocios viendo las vitrinas, hojeando algunos libros en las librerías, conversando sobre lo humano y lo divino. Sin embargo, jamás tocamos el tema de la sexualidad, jamás hablamos de sexo, ni mucho menos de lo que sentíamos cada cual, el uno por el otro. Ambos lo sabíamos. Pero yo, todavía intentando controlar mis sentimientos y deseos, bloqueaba toda y cualquier oportunidad de hablar sobre el tema que nos interesaba a ambos. Y así pasaron los días de octubre.

El día 31 de octubre, víspera de Todos los Santos, y debido a que era víspera de feriado ——el 1 de Noviembre—, fuimos al Centro de nuevo. Repetimos casi todo el mismo ritual. Estábamos en la Alameda, en la esquina de Alameda con Nataniel Cox, cuando él me preguntó si podía ir a quedarse a mi casa. Yo, en un lapsus mental, ya que casi no me di cuenta de lo que él me dijo, le respondí que sí. Él se sonrió. "¡Por fin !", dijo. Apenas me di cuenta, traté de deshacer el compromiso. Pero ya estaba dicho. Y tuve que cumplir la palabra dada. Entonces pasamos al supermercado que había a unos metros de ahí para comprar algunas cosas para comer esa noche y para el desayuno del día siguiente. Recuerdo perfectamente que compré para el desayuno pechuga de pavo ahumada. Juan se quedó en el departamento que entonces compartía con un primo materno, en mi habitación. Y tuvimos que dormir juntos, aunque absolutamente aislados el uno del otro con casi una tienda de ropa encima cada uno.

Al despertar yo, en la mañana del día martes 1 de noviembre de 1988, lo vi, lo contemplé, y no resistí más a la realidad: le acaricié la cara y se la besé, sin importarme nada; y así fue que se despertó, sintiéndome y viéndome que le besaba el rostro. Abrió sus ojos, me sonrió, feliz, y, en ese mismo momento, se abrió la puerta de la habitación, sin previo aviso: mi primo, que se había levantado y venía a decirnos que nos levantáramos a tomar el desayuno. ¡Fue todo una sola cosa! ¡Quedó estupefacto al verme besando a Juan en la cara y a él sonriéndome! No dijo nada. Solamente que nos levantáramos a desayunar. Nos levantamos. Tomamos el desayuno. Nos quedamos a hablar casi todo el día.


Brus y Juan en Valparaíso
Sin embargo, nuestra relación no comenzó con una experiencia sexual. Comenzó con reconocer y declararnos nuestro amor. Comenzó con nosotros hablando, conociéndonos mejor a través de nuestras palabras. Comenzó con sentimientos y emociones expresados en besos y caricias. Lo sexual vino mucho después. De hecho, nuestra relación nunca estuvo marcada por lo sexual como lo más importante. Lo sexual se constituyó en el complemento, en la materialización palpable y exquisita del amor que sentíamos ambos. Tal vez fue porque ambos éramos ya mayores cuando nos conocimos. Juan tenía 43 años. Yo tenía 33 años. No éramos jovencitos en busca de experiencias pasajeras. No sentíamos el deseo de un mero contacto físico divorciado de sentimientos y emociones. Nuestras vidas se unieron más allá de lo sexual.

El amor ha sido definido como lo más importante en la vida. Si uno no tiene amor, nada es. Si uno no puede amar, no es nada. Además, el amor es sufrido y bondadoso. El amor no es celoso. El amor no se vanagloria, no se hincha de orgullo, no busca sus propios intereses, no se siente provocado. El amor no lleva cuenta del daño. El amor no se regocija sino con la verdad. El amor todo lo soporta. El amor todo lo cree. El amor espera todo. El amor aguanta todo. El amor nunca falla. El amor nunca deja de ser amor. El amor nunca muere. El mayor de todos los dones de que podemos disfrutar los humanos es el amor. Y nosotros siempre creímos en esta clase de amor. Por eso, jamás nos peleamos, jamás nos dijimos groserías. Yo siempre he tenido un mal genio --proverbial, dicen algunas personas que me conocen-- y Juan siempre me soportó ; nunca se quejó de mi mal genio. A pesar de que yo, cuando me enojaba pasaba días sin hablarle. Eso ocurrió en nuestros primeros años. En una segunda etapa, ya no me enojaba de esa manera por nada. Aprendí a dominar mi mal genio gracias al amor de Juan. Él fue quien me ayudó a sobreponerme a mi malhumor. Gracias a él crecí como persona, desarrollé nuevas aptitudes. Y todo, por amor. El amor es perfecto. Lo sé.

Y cuando pienso en esos primeros días, siento que el amor es más fuerte que nada y que nadie. El amor puede transformar. El amor puede edificar. El amor puede hacer que las personas creen cosas que jamás imaginaron que podría ser posible. El amor, nunca puede fallar, nunca puede morir. El amor es eterno.

Juan pensó que jamás podríamos durar sino una semana, o, a lo sumo un mes. Es que la vida en pareja no es nada fácil. Incluso cuando el amor es la base para una relación de pareja, suele suceder que demasiadas cosas se combinan en un determinado momento, y todo se acaba. Tenemos demasiados ejemplos a nuestro alrededor de cómo las circunstancias personales, laborales, religiosas, sociales, económicas y hasta sexuales pueden destruir una relación de pareja antes de que uno se de cuenta. ¡Son tantos los obstáculos para establecer una relación de pareja durable! Y vez tras vez se van acumulando frustraciones, desilusiones, recriminaciones... Y uno va desarrollando resistencias a creer en la capacidad propia para encararse a una relación de pareja estable y productiva en términos de beneficio emocional. Demasiadas veces los obstáculos externos y los que creamos nosotros mismos se oponen a nuestra felicidad.

Por eso, se sorprendió cuando le dije que antes que nada, teníamos que analizar las cosas y decidirnos a tomar una acción unida. Teníamos que vivir juntos. Nada podría resultar si cada uno vivía en su propia casa y solamente nos encontrábamos un fin de semana o un par de días a la semana. Si estábamos seguros de nuestros sentimientos, teníamos que luchar por establecer una relación estable y estar juntos siempre, ya que las circunstancias eran favorables. Esa semana fue crucial. Ambos sabíamos que era cierto. Sabíamos que teníamos que vivir juntos para construir una relación provechosa para ambos. A partir del martes 8 de noviembre de 1988, comenzamos a vivir juntos definitivamente. La semana anterior Juan se había quedado día por medio. Yo le tendía trampas para que se viniera más pronto a vivir conmigo: un día no me despedí de él cuando me vine del trabajo y él quedó preocupado. Me vine rápido a la casa y en cuanto llegué, me escondí en el clóset de la pieza que ocupaba mi primo. Tras mío llegó él. Golpeó la puerta del departamento. En mi primo abrió la puerta, y sin decir nada ni esperar a que le dijera nada (yo le había dicho que le dijera a Juan que no estaba), pasó y me fue a buscar a la pieza, pero como no me halló siguió y me halló rápidamente en mi escondite.

Juan, mi pareja por diez años, murió trágicamente el 21 de Septiembre de 1997, a las 12:05 del mediodía, víctima de un infarto cardíaco masivo fulminante. Desde ese día tuve que empezar a caminar solo por la vida, en procura de una razón para vivir, tratando de salir adelante y a veces sin fuerzas ni deseos para atar ni desatar. Y sin embargo, agradecido de haber vivido esa experiencia inolvidable de amor: meramente por amor al amor...

Me niego todavía —conscientemente— a escribir la parte final de nuestra historia con Juan. Me niego todavía a romper el encanto de esos días mágicos. Tampoco tuve las fuerzas necesarias para escribir el último día de nuestra historia, que es la parte más dolorosa de nuestra historia para mí. Es una tarea que he dicho que dejo para algún tiempo en lo futuro. Pero no sé si algún día escribiré el final de esa historia nuestra con Juan.

Sí, el amor de mi vida, el único e inolvidable amor que he conocido es Juan ... ¡ésa es la única y tangible realidad! ... Todo lo demás es añadidura, añadidura a lo que Dios me ha dado en la vida, y por lo que no me canso de agradecerle. Pero cuando digo "añadidura" no es que esté menospreciando lo que Dios me está dando de nuevo. Quiero decir que Dios ha dado y Dios ha añadido más todavía a lo que ha dado. Dios me ha bendecido con el amor y por estos días de nuevo siento que me está bendiciendo con el amor. Por eso es que mi página personal en la web es más que nada un tributo al Amor, un tributo a Juan...

Una semana después de la muerte de Juan huí de Santiago y de todos los recuerdos que allí tengo, para establecerme de nuevo en el terruño. Dejé abandonados el trabajo, la casa donde vivíamos, los planes, los proyectos, los sueños, los anhelos, las esperanzas: todo truncado... La verdad es que todo perdió su sentido; ya no había razones para nada, ni siquiera para vivir. Me miraba las manos y las tenía vacías. Vacías de todo. Y no quise vivir. Me vine a Quilpué a ciegas, a inicios de una crisis económica nacional que todavía persiste, sin tener la seguridad de encontrar un trabajo siquiera algo parecido al que había dejado atrás. Sólo sabía que tenía una casa y que llevaba muebles y cosas conmigo. Y cometí más errores de los que puedo recordar en el plano económico. Me quedé literalmente con una casa grande vacía porque tuve que vender todos los muebles, artefactos y alhajamiento que tenía para meramente mantenerme vivo, porque jamás conseguí un nuevo empleo, hasta el día de hoy. Además, aquí en Quilpué hay tantos recuerdos como allá. No pude huir. No pude olvidar nada. Todo se me hizo un presente muy actual...

Sin embargo, la vida tiene sus vericuetos y sus sorpresas a diario. A veces no nos damos cuenta de lo que ocurre a nuestro alrededor. Otras veces podemos disfrutar de todo cuanto nos sucede. No siempre se puede tener todo en la vida. Lo importante es amar. Yo, sustrayéndome a la regla general, digo que así como lo he tenido todo en la vida y lo he perdido, estoy en un hermoso proceso en que todo parece sonreír, en que la vida nuevamente me regala con la promesa del amor, ese amor que vale más que todo los tesoros del mundo. Por el amor al amor... ¡Bendita locura, el amor! ¡Viva el amor y su eterna locura! Hoy de nuevo puedo levantar la cara hacia la inmensidad de la expansión celestial y sonreír agradecido al Dios que puso en mí el amor y que me ha bendecido en la vida hasta colmar todas mis necesidades de amar y de ser amado.

Ahora quiero recomenzar, tengo mucho por hacer, tengo mucho tiempo que recuperar, aunque el tiempo que ha pasado no lo he perdido. Obviamente, el mañana no lo conozco, no sé que sorpresas me ha de deparar; no sé si lo que ahora tengo por cierto mañana será apenas un simple recuerdo o si se afianzará y cimentará aún más firmemente mi certeza de hoy. Espero confiado en que el mañana será igualmente grandioso y maravilloso, porque espero en el Amor, y porque el Amor nunca falla; el Amor nunca deja de ser tal.

He llegado a ser, debido a la pura necesidad, el arquitecto de mi propia posición y carácter en el mundo en que me ha correspondido vivir; y en el proceso de mis esfuerzos he tenido que aprender muchas lecciones de valor para mi desarrollo personal. He tenido que enfrentar una cierta suerte de oposición, alguna clase de obstrucción, o alguna clase de dificultad a cada paso de mi progreso. No le debo nada a la fortuna, a razones familiares ni a la buena suerte; todo lo que soy y tengo se lo debo a Dios y a las aspiraciones y las habilidades que Él me ha dado, y a mis padres, ese par de locos que tanto hicieron por mí, y que tanto me han influido. Y todos mis muchísimos errores y desaciertos se los debo a mi naturaleza. Nací chicharra y voy a morir cantando, como dice el viejo adagio. Yo mismo he sido mi propio enemigo y muchas veces he jugado a favor de los demás y en mi propia contra.

Así como lo he tenido todo en la vida, también lo he perdido todo, no una sino muchas veces; pero siempre he tenido el propósito de volver a empezar y de lograr cada vez más que en la anterior ocasión en que logré alcanzar mis metas. No me he quedado dormido en cuanto a luchar por salir adelante. A veces lo he hecho mejor y otras veces lo he hecho peor: pero nunca me he quedado estacionario en el mismo lugar más del tiempo absolutamente necesario para darme un respiro en la cotidianeidad, ... y luego he seguido adelante, y siempre levantándome de mis caídas. Creo que ya es sabido que el secreto de los que triunfan es jamás desmayar: siempre levantarse y volver a empezar... Claro, una persona logra triunfar solamente cuando llega al final del camino que debe andar en la vida. El objetivo final es no haberse quedado en el mismo sitio, sino haber andado, haber desafiado a su propia naturaleza y haber salido victorioso de sí mismo...

En estos dìas, como si se tratara de una nueva oportunidad de ser feliz, de un nuevo regalo celestial, he conocido a Daniel. Daniel es un hombre que no corresponde al tipo de persona que yo habría dado por definición como quien me gustaría fìsicamente hablando. Pero desde el momento en que nos vimos cara a cara me agradó y me gustó. Más bien, tengo que decir que el sentimiento y la emoción fueron mutuos. De nuevo, operó una suerte de mutua atracción y si bien la invitación original fue a tomar helados en la práctica nació una relación que se ha ido hecha más plena, fuerte y hermosa a medida que han ido pasando los días.

Estamos juntos redescubriendo la vida y sus maravillas y milagros de cada día. Hemos pasado juntos hermosos momentos y días de dicha sin igual, y para ambos la experiencia es única, especial. Atisbo que en esta relación que se está empezando a dar desde un par de meses a la fecha hay algo de ese aroma y sabor a perennidad que siempre he buscado. No me interesa ninguna relación que sólo sea un conocerse y olvidarse. No me interesa nada que no tenga como trasfondo la permanencia. Y de nuevo tengo que agradecer a nuestro Padre Celestial por las bendiciones que está derramando en este mismísimo instante sobre mí y mi vida, sobre esta vida que yo pensé un día que ya había conocido todo lo bueno y que ahora solamente debía conformarse a la carencia afectiva y emocional en que quedé desde la muerte de Juan.

No hay nada de malo en recordar todo lo bueno que vivimos Juan y yo, pero hace tiempo ya que dejé de andar con el ataúd de Juan a cuestas. Me costó mucho dejar su féretro en el nicho y empezar a mirar hacia adelante. La vida exige sacrificios a veces y no puede uno andar el resto de sus días viviendo de lo pasado, si bien el pasado es la base de nuestro presente y una de las claves de nuestro futuro, porque nadie puede vivir del pasado. Tampoco estoy abominando de mi relación con Juan: Juan siempre estará presente en mi corazón, en un rinconcito del cual jamás podrá salir, porque quitarle ese lugar sería también una negación de lo vivido. Pero lo cierto que esta es otra etapa de mi vida, de esta maravillosa vida que me ha tocado vivir, y por eso no estoy confundiendo a los actores ni tratando de repetir lo que no puede ser repetido. El sólo intentarlo sería una falta de respeto para todos y una negación de lo que he vivido. Me enfrento a mi mañana con el corazón en la mano, oferente, pero consciente de lo nuevo y único que es lo que nos está pasando a Daniel y a mí...

Gracias a Dios, nuestro Padre Celestial por todas sus bendiciones. Y gracias a la Iglesia porque me enseñó los pasos básicos para llegar a entender que, pese a las circunstancias, el amor es lo principal en la vida, y procede solamente de quien procede todo lo bueno en la vida: de Dios.

Para finalizar, creo necesario decir que he tratado de ser lo más conciso y claro posible en estos párrafos. La verdad es que cuando un día se me pidió que escribiera algo sobre mi historia de amor con Juan, intenté en varias oportunidades hacer un resumen de lo que habían sido esos diez años, pero fracasé y me salió un relato demasiado extenso como para que fuera publicado a modo de cosa nueva y breve. Entonces escribí otra cosa, una especie de testimonio, pero también era demasiado extenso.

Después de muchos intentos, creo que esta es la forma definitiva de lo que quiero decir al respecto. Soy consciente de que este relato puede resultar demasiado extenso y su lectura algo pesada, pero no quise ni pude dejar pasar o quitar algunas cosas que creí esenciales de comunicar aquí. Tal como han sucedido las cosas, así lo he dicho. No quiero, en modo alguno, que se forme debido a este relato una idea distorsionada de mí, de lo que he vivido, de lo que ha sido mi vida, como tampoco de lo que ahora estoy viviendo. Tengo mucho respeto por el pasado, pero no menos por el presente y por el futuro. Para todo hay un tiempo, dice la escritura.

Este relato es tanto un tributo a la memoria de Juan como un testimonio personal sobre la preeminencia del amor, a la vez que un canto de esperanza por lo que está sucediendo hoy, después de tres años de haber enviudado y haber huido desde Santiago a mi Quilpué de siempre. Si este relato lo hubiera terminado unos meses antes, cuando se me pidió que lo escribiera, el epílogo habría sido harto diferente, me habría explayado en otras cosas, habría enfatizado otros aspectos de mi experiencia. Pero, por las razones que sean, no pude terminarlo antes y, en el intertanto, y en medio de circunstancias incluso inesperadas, tuve la enorme bendición de haber conocido a Daniel. Y ese hecho ha cambiado positivamente muchas cosas en mi vida. Sin ser desleal a mis recuerdos, soy leal a lo que estoy viviendo ahora, a lo que estoy sintiendo, a lo que Dios ha permitido que ocurra: porque en estas últimas semanas han estado empezando a darse nuevas y hermosas experiencias, y siento las bendiciones que nuestro Padre Celestial derrama abundantemente sobre mí y sobre mi vida. Y la bendición mayor se llama Daniel.

Brus Leguás Contreras
Quilpué, Chile, miércoles 21 de marzo de 2001

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